OPINIÓN > Festejando el Día del Libro
- Por Aníbal Diego López -
Mi infancia transcurrió
en lugares abiertos y silenciosos. No se había inventado la televisión y la
radio funcionaba cuando las condiciones atmosféricas en el norte de la
provincia de Santa Fe lo permitían, o sea, muy de vez en cuando.
Sin hermanos… los libros
fueron la opción desde muy temprano. La biblioteca de mi padre era profusa,
aunque poco accesible para un chico que está aprendiendo a leer.
Creo que fue Robin Hood
el primero, al menos recuerdo mis lágrimas cuando no entendía un párrafo que
desafiaba mis demasiado incipientes herramientas de interpretación de un texto…
tal vez ya en la página dos. Uno llora fácil a los 6 o 7 años. Las dificultades
surgen todo el tiempo y cada escollo parece definitivo. Creo que
pospuse mis lágrimas en ese libro hasta la muerte de Mariana, y ahí sí. Ya no
era por no lograr descifrar el sentido de un texto, sino por haberme
introducido en un mundo muy lejano en tiempo y espacio que incluía la selva de
Sherwood, el pequeño Juan, Ricardo Corazón de León y todo lo que esa saga
brinda a una imaginación ansiosa por desarrollarse.
Se había abierto una
puerta… tal vez, como dije, la primera. Eso son los libros, puertas de acceso a
mundos nuevos para el que se anima a abrirlos y se toma la molestia de seguir
leyendo hasta el final.
Antes de 1450, fecha de
la invención de la imprenta, la lectura era exclusiva de los pocos que tenían
acceso a los manuscritos y sabian interpretarlos, además de saber leer, por
supuesto. La oralidad era el vehículo casi excluyente para propagar los
saberes. Eso implicaba una gigantesca transferencia del poder hacia los
poderosos, particularmente la Iglesia Católica Apostólica Romana. Pensemos, el
primer libro impreso fue la Biblia. Martín Lutero nació en 1483 y Juán Calvino
en 1507. ¿Habría sucedido la Reforma Protestante sin la invención de la
imprenta? Difícil contestar esa pregunta… tal vez se habría pospuesto años, o
siglos. La libre interpretación de los textos “sagrados” implicaba que estos
circularan entre las personas que sabían leer, los que a su vez, leían en alta
voz para los demás. Esa posibilidad le quitó a la iglesia de Roma la
exclusividad de la interpretación de la palabra divina. Y abrió puertas
para que cada quien pensara a partir de su propia lectura. Eso es un libro: una
puerta para un pensar personal a partir de compartir las experiencias de otros.
Hacer una lista de todos
los libros que leí, no solo sería aburrido, sino imposible. Pero si me limitara
a aquellos que influyeron decisivamente en mi vida, el empeño resultaría accesible.
No compartiré esa lista en esta nota, solo diré que no sería quien soy si no me
hubiera encontrado con esos textos. Cada uno a su vez me llevó a otros a través
de las citas que sus autores suelen hacer. O sea, cada libro es una puerta que
conduce a otras… y otras. El resultado no solo es descubrir los mundos de
otros, sino aprender a pensar y disfrutar de esa práctica. Hoy en día se está
perdiendo la costumbre de leer libros, particularmente si son extensos. Hasta
los textos que uno comparte en las redes deben rendir tributo a la brevedad si
uno desea que sean leídos. Una lástima. Renunciar a la lectura es inmovilizar
el crecimiento personal o al menos limitarlo mucho.
Un mundo tan complejo y
problemático requiere de ser pensado por la mayor cantidad de gente para ver
cómo le encontramos la salida. Pero pensar requiere ejercitación, abrir un
libro conlleva inevitablemente a ejercitar el pensamiento, sea cual sea ese
libro. Y se está perdiendo la capacidad de pensar.
A las personas que han aprendido a leer les
ruego que no desperdicien ese privilegio. Hay millones en el mundo que tienen
vedado el acceso a la lectura sencillamente porque no tuvieron la oportunidad
de aprender a leer. Pero el que no lee pudiendo hacerlo… no se diferencia
demasiado de un analfabeto.
Hermosa y atinada reflexión compañero. Ojalá volvamos a encausar a los jóvenes y niños al hábito de la lectura. De esas lecturas que forman el alma, como te la formaron a vos.
ResponderBorrarExcelente reflexión, compañero.
ResponderBorrarQuienes leemos tus escritos te disfrutamos y valoramos, y me gustó cerraras este como lo hiciste. Fuerte Abrazo.
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