SALUD > Mateando espero
- Por Rosana Forgas * -
Lo mismo que en el ranchito, en la
mansión del magnate, es rey y señor el mate, nuestro brebaje exquisito.
Evaristo
Barrios
Como
les pasa a los fumadores cuando su médico les da un ultimátum y al principio se
consuelan con un palillo o un rollito de papel entre los labios, los materos en
rehabilitación alguna vez recurrimos a ponerle jugo de naranja al mate y
succionar la bombilla con los compases de la yerba. Yo nunca fui de los clásicos, así que en casa fuimos unos
adelantados en esto de portar cada uno su mate, ¡y encima con edulcorante! Debo
reconocer que no la pasaba nada bien, por aquellas épocas, frente a los disgustos
de algunos amargos fundamentalistas que me bancaban que se los arruine hasta con
dos cucharas de azúcar, pero … con ¡¡¿chuker?!! ¡VaderetroSatanás!
Pero
como muchas -o casi todas- las veces que me pasaron
cosas en la vida, el tiempo me fue conformando o acomodándome para que mis
dramas transmutaran en apenas obstáculos que los años te ponen, desafiándote y
esperando que los capitalices. Así que cuando ese bicho malo -que aún nos sigue
poniendo en jaque-, obligara a un país entero -a dos, en realidad, porque los
uruguayos también son meta y ponga con el mate- a prohibir una de las
costumbres que nos define y nos identifica, el mundo pareció desplomarse para
muchos paisanos menos para mí. Porque cuando en Wuhan apareció el muy maldito,
yo ya hacía aaaaaños que ni siquiera podía tomarlo con endulzantes y me
limitaba a deleitarme mirando las amorosas ruedas del amargo y del dulce compartiendo sentires en cada gota de
saliva. Y yo me sentaba igual, reemplazando la ternura de ese encuentro casi carnal
por los chusmes y las galletitas y escondiendo mi frustración entre los
chicharrones de los bollos y las tortillas al rescoldo. Pero siempre con mesura
por culpa de una gastritis erosiva que no se va a retirar jamás si no hago bien
los deberes.
Y
no sé muy bien porqué se me ocurrió pensar hoy, un día cualquiera -mirando a mi
compañero disfrutar de su set matero kirchnerista- en todas las cosas que uno
va resignando con el propósito de mejorar la calidad de vida propia y la de
todos. Y se me presentaron tantas cosas en la cabeza…muy especialmente las que
uno deja de hacer o de decir, pensando justamente en no cesar en esta suerte de
epopeya que es intentar la construcción cotidiana y consciente del bienestar
colectivo.
A
estas alturas tal vez sería pertinente recordar que, cuando hablamos de
bienestar colectivo, nos estamos refiriendo a un concepto que surge dentro del
tejido social según el cual, el individuo ya no es un ente aislado y en
el que es imprescindible el intercambio y la convivencia entre personas que
perciben la vida desde miradas distintas. Y sobre todo tener en cuenta que, en
el marco de esta conceptualización holística, integral y sistémica, es
imposible imaginar que podamos sentirnos del todo bien, individual o
familiarmente, si estamos insertos en comunidades cuyo clima social está
viciado. Y lo que es peor: atacado por mensajes, no sólo premonitorios, sino
condenatorios porque pretenden instalar que ningún futuro es posible.
Leo
y escucho preocupada a algunos comunicadores - inclusive compañeros del palo, -esos tecleadores compulsivos que descargan sus decepciones enredados en los medios que tienen a su
alcance- los que desarrollan categóricas hipótesis sobre la realidad política
actual, en muchos casos sin más respaldo que su sesgada interpretación de la
información que circula y, de verdad, hasta me atrevería a aseverar que me
hacen más daño que la yerba mate. Tal vez por esto de la DEformación
profesional y por las propias limitaciones de una ciudadana de a pie.
Me
impresiona como que existe una necesidad irrefrenable de opinar sobre
absolutamente todo lo que acontece sin detenerse, ni por un instante, a pensar
en el efecto que sus decires pueden generar en sus semejantes.
Los
grupos de guasap son el caldo de cultivo más generoso para que gérmenes tan peligrosos como la
angustia, la incertidumbre y el miedo, dejen a sus integrantes más vulnerables
sumidos en una suerte de crónica congoja. Otros, los que gozamos del enorme
privilegio de disponer de una ferretería emocional más surtida -fundamentalmente
porque tenemos las necesidades básicas satisfechas- y mayor acceso a la
información, no alcanzamos a contrarrestar los efectos nocivos de los jinetes
del apocalipsis.
Otro
tanto pasa con los otrora genios de las plumas semanales de algunas
publicaciones prestigiosas: están tan enojados que sólo alcanzan a teñir cada
palabra con una evidente subjetividad que no hace otra cosa que configurar un
diagnóstico terminal y abusar de algunos vocablos calificativos que reafirmarían
que todo está perdido.
¿Cómo
se motiva a la militancia de base desde esta perspectiva? ¿Cómo se logra
desarrollar masa crítica, despejando lo sensorial para apoyarnos en lo
racional?
La
situación por la que atraviesa nuestro país es de las más difíciles que
recuerde la historia, ¡chocolate por la noticia!
Que
hay responsabilidades propias, es absolutamente cierto -aunque olvidamos casi
siempre merituar que tuvimos que lamentar una pandemia y ahora un conflicto
bélico que atenta contra la economía global-. ¿nos sirve que los organismos
oficiales de medición nos digan que el desempleo disminuyó a 7 puntos o que hay
pymes recuperadas?, ¡claro que no! Lo
que nos importa es que ya no podemos comprar los alimentos básicos.
Pero
mis queridos lectores, con 30.000 argentinos menos y el más lacerante dolor, los
de mi generación pudimos sobrevivir a una feroz dictadura y con 21 argentinos
menos, a un 2001 de terror, así que por lo menos a mí, no me van a convencer de
que no podremos revertir en más de un año, este presente que nos agobia. Ni lo
intenten.
¡Y vos pasame un mate y por favor sé
buenito… ponele azúcar!

Comentarios
Publicar un comentario