OPINIÓN > MEMORIA es la palabra.
- Por Jorge Fernández -
El hacer Memoria es un acto humano con distintas profundidades, en ocasiones hay memorias con minúscula, otras con Mayúscula, algunas oficiales, otras oficiosas, algunas clandestinas, algunas subversivas y otras que son mecánicas. Algunas se transforman en manifestaciones privadas, otras son públicas y están aquellas en que los pueblos se apropian de ellas y perduran a lo largo de los tiempos en forma de fiesta, en forma de actos, en formas de celebraciones.
Hay memorias de colores, luminosas, las hay oscuras, grises y tristes. Hay las que alejan y están las que convocan, las hay de las traiciones, de las tradiciones y las de las éticas, las hay en los cuerpos propios y ajenos.
Hay memorias que nos recuerdan el dolor de esa ocasión, pero también nos regalan la otra cara de su amor. Hay memorias que refieren a contiendas, a tensiones del pasado, a batallas por la libertad, por la independencia, a las pujas de sentidos. Hay otras que nos conectan con las Divinidades, con las y los profetas, con los desafíos de su tiempo y con su palabra en algún texto sagrado. Las que nos ayudan a interpretar nuestro mundo, nuestras maneras de buscar respuestas para lograr una vida plena y abundante, para ser prósperos, lo que no necesariamente significa ser acumuladores de bienes que nos alejan del sentido profundo de las cosas.
Hay memorias militantes, otras militontas, algunas que valen la pena, pero las hay las que valen la dicha, las que el recuerdo (el volver a pasarlas por el corazón) nos inundan de gozo, de plenitud, son las que sentimos que nuestra alma es acariciada, como quien con ternura y delicadeza se toma el tiempo para cuidar lo bello y frágil de nuestro ser.
Hay memorias que nos regalan la oportunidad del abrazo, de la evocación de aquello y de aquellos que estuvieron hasta hace poco junto a nosotros, a nosotras. De quienes nos amaron y amamos de la manera que supimos, de la manera que pudimos. Y son esos seres que nos ayudan a inventarnos excusas desde su nombre convocante para el reencuentro, son esos parientes lejanos o cercanos, primos, primas, hermanos, hermanas, sobrinas, sobrinos, hijos, hijas, padres, madres o simplemente amigos y amigas que nos acompañan con un abrazo, cual rito mágico de sanación en el momento de la risa y el llanto.
Esta memoria no tiene reglas, se manifiesta de maneras desconocidas y múltiples, en ocasiones cuando nos encontramos en una playa a dejar volar coloridos globos con mensaje para nuestra abuela, nuestra mamá o cuando con amigas y amigos sin fronteras nos reunimos por zoom para celebrar la vida de quien nos bendijo con su amistad.
Hay memorias que nos ayudarán a transitar esa pascua (pasaje) de la muerte a la vida, de lo visible a lo invisible para poder aprender de modo cotidiano como el amor infinito perdura en misteriosas maneras a los cuales tenemos una invitación a descubrir desde las anécdotas, los perfumes, las melodías, los relatos compartidos.
Somos memorias andantes en las que se cruzan nuestros corazones, nuestros pensamientos, nuestra humana existencia, miedos y esperanzas.
Somos memoria colectiva que nos crea y recrea, nos moldea y dejamos modelar, somos memoria cuando una flor puesta en ese lugar elegido nos roba una lágrima o arranca una sonrisa.
Hoy estoy más convencido que nunca que lo dicho por el poeta uruguayo Mario Benedetti, de que “el olvido está lleno de memoria” no es tan así, porque ese olvido es una cuestión de algo dormido, una invitación a despertar, a despertar en conciencia y corazón.
Mientras tanto el asunto será cómo describir lo que permanece, lo que no se fue, lo que está y queda acá esas cosas “que no se apagan nunca, como la luna”, que son y serán irrompibles entre él (ellos), ella (ellas) y nuestro ser, hecho de historias, leche tibia, ternura y abrazos.
Moriremos, morirán el día que vaciemos o vacíen nuestra memoria, por eso
MEMORIA, es la palabra, la que concentra la vida.
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