OPINIÓN > Casciari tiene la culpa
- Por Rosana Forgas -
En
esta columna hemos abordado ya la importancia que lleva implícita la palabra
como herramienta terapéutica, de vinculación literaria y de militancia
política. En gran parte depende del buen uso que le demos, la obtención de los
resultados que obtengamos en cualquier “negociación en mutuo beneficio”. Tan es así, que siempre deberíamos ser capaces
de medir su capacidad de daño, antes de lanzarla sólo con pasaje de ida.
Algunos,
aquellos que nos sentimos abrazados por ella, estamos obligados a morir en el
intento de mejorarla y nos obsesionamos con colocarla en el espacio justo, para
que entre enterita y para que no sobre nada, ni una letra, en ocasiones, como
una suerte de sastrería a medida.
Los escribistas -audaz alquimia de los que
nos balanceamos entre los géneros de periodista y de escritor y que en realidad
soñamos con alcanzar la categoría de periodistas narrativos- sufrimos mucho el
fantasma de la hoja en blanco, sobre todo los que contamos historias todas las
semanas.
Es
tal la coctelera de sensaciones y de sentimientos en la que estamos sumergidos,
que la rutina de una columna semanal nos marca, no sólo sentarnos a la máquina
y deleitarnos con las teclas -una suerte de caricia con ruidito cuando te
asalta la inspiración y de tormento mudo cuando no aparece- sino también el
deber de seleccionar cuál de los temas vas a encarar. Porque cada anécdota y
cada información, parece atropellarte y exigirte que le des prioridad -entonces
vos te atormentás para hacer una buena elección y lograr conmover, aunque sea,
a un par de lectores-.
Hernán
Casiacari fue el culpable de que mis delirios con la pluma se hicieran públicos
a través de la virtualidad. Me enamoré a primera lectura del lenguaje coloquial
de este bonaerense nacido en Mercedes, cortazariano de ley, ex bloguero
irreverente que usa la palabra como brocha para pintarnos unos paisajes cotidianos
que son una delicia. Cultor de esa literatura costumbrista que tanto amo, que
desde su magnífico texto Las cosas que
salvamos de un incendio, que releí anoche, me motivaron para estar pensando
ahora estas cosas con ustedes.
Y no
pude dejar de pensar en la seducción que me genera quedarme largo tiempo mirando
el crepitar de los leños en la salamandra o en el embrujo de las historias de
amor -con abrazos y con brasas- que, en Todos
los fuegos, el fuego podemos encontrar a un Julio Cortázar en todo su
esplendor.
Pero
debo confesar que siendo gallo de fuego en el horóscopo chino debería tener una
cultura fueguística mucho más vasta y
no esperar a que venga Hernán a hacerme reflexionar…
El
caso es que como uno no domina a la mente -o casi- la más de las veces se escapa de donde la
dejamos mientras nos preparamos el consabido té de manzanilla, y cuando
volvemos a la computadora, ya voló muy lejos pensando en otros fuegos que no
fueron y en injurias que sí. Y entonces me acuerdo de un ejercicio que nos
dieron hace un tiempo en el Taller literario del que soy parte: escribir sobre
qué cosas me llevaría yo si mi casa se estuviera incendiando y creo que recién
ahora tengo la respuesta.
No
me llevaría nada porque todo lo que amo me habita, está dentro mío. Los
recuerdos -los buenos- se alojan cómodos en la cabeza como se ubican los
afectos entre las arterias del corazón. Si mi casa se estuviera incendiando con
fuego -y no con realidades como tantas veces- procuraría dejar cosas y mientras
intento huir del horror, volvería la mirada para confirmar cómo se desintegran.
Y entre
esas cosas que me gustaría dejar que se quemaran están las imágenes con el sonido
de todas las infamias que se hacen y se dicen a diario sobre Cristina y el
kirchnerismo, desde hace tantísimos años.
Dejaría
chamuscándose la demonización que la derecha viene haciendo de la clase política, -pero, obviamente,
sólo a la que ellos denominan despectivamente populista-, asociándola con la
corrupción y despertando odios indescriptibles. Cuando todos sabemos que lo que
en realidad pretenden es continuar el exterminio -que dejaron incompleto-; un
pueblo ignorante y sometido para que jamás reclame sus derechos; la suma del
poder público ejercido sólo por ellos, amigos de lo ajeno; una justicia cómplice
y mercenaria que esconda sus delitos e invente causas a los inocentes y que su inconfesada
aporofobia pueda seguir cómoda y a salvo, disimulada en la hipocresía de sus
hostias, de sus padrenuestros y de sus té-buraco a beneficio.
Dejaría
cada gesto, cada palabra de los desquiciados, de los odiadores -los que a
sueldo pululan en los medios y los ad-honorem
representados por esos abominables personajes que hablan de república y de
valores y marchan por la paz en Ucrania, mientras cuelgan bolsas mortuorias de
las rejas con rostros de dirigentes nacionales y populares que se oponen a sus
tropelías.
Y
estando segura de que el fuego haría desaparecer todo lo que se oponga a la
lucha contra las pornográficas e históricas desigualdades, recién cerraría la
puerta y me alejaría gritando orgullosa ¡más respeto que soy kirchnerista!

muy bueno, desgraciadamente, no vamos a tener el poder de la derecha nunca jamás...
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