SALUD > Sin promesas
- Por Rosana Forgas -
Los hombres
son todos parecidos en sus promesas, sólo en sus acciones es en dónde difieren.
O. W.
No puedo dejar de
retratar, desde la limitación del lenguaje, la historia cotidiana y simple
-protagonizada por actores de la vida real tan cotidianos y simples como sus
historias- que logra hacer saltar el emocionómetro
que tenemos todos los que sentimos en las tripas que La Patria es el Otro.
En mi barrio
yerbabuenense, muy cerquita, al fondo de la casa de varios ciudadanos -todos
familiares entre ellos-, funciona un club de fútbol. Y esto es así porque los
ocho hermanos propietarios del terreno decidieron que era muy importante que
los hijos y los nietos estuvieran contenidos con el deporte y entonces, al
final del largo terreno común, están los arcos de la cancha en la que se reúnen
todos los niños y adultos de la zona.
Hasta aquí no tendría
nada de particular esto que cuento porque todos los clubes de barrio, a los que el macrismo se ocupó
laboriosamente de destruir, nacieron de la iniciativa de los propios
vecinos y fueron -o no- creciendo con el ahínco y el esfuerzo de sus dirigentes
y de un Estado presente.
Este Club no escapa a
esa mística que tiene el deporte más popular del planeta, sólo que, en el caso
de la familia dueña del predio -y todos los que comparten con ellos el
ejercicio consciente de la solidaridad- la tragedia también más popular del
planeta llegó para que sus esfuerzos se multipliquen en el intento de paliar la
crisis que sufrieran los trabajadores de la construcción que conforman su
vecindario.
Y entonces las manos y
las mentes empezaron a imaginar un espacio común para dar de comer a los que no
tenían ingresos y lograr la tan necesaria contención social: al aire libre, la
pelota los une en la necesidad de que la calle no haga de las suyas frente el
desempleo y la falta de clases. Y debajo del techo, conseguido con donaciones y
aportes de los que tienen cierta estabilidad laboral, se tienden los mesones
para que se llenen los recipientes con, en muchos casos, la única comida del
día.
Y en ese barrio, como
en tantos otros diseminados a lo largo del territorio nacional, la comunidad
organizada, el deporte y la necesidad de luchar contra la pandemia, son aliados estratégicos para sobrevivir sin
perder la sonrisa, aunque aún hoy continúe escondida detrás de los tapabocas y
desinfectada con alcohol. Con ese alcohol que, a tantos otros privilegiados,
sólo les sirve para embriagarse y tal vez así tapar sus propias limitaciones
para amar y construir proyectos colectivos. Y es aquí donde adquiere relevancia
el rol de las agrupaciones de la sociedad civil que acuden en sostén de este tipo
de iniciativas de los vecinos.
Tucumán es un caso
paradigmático donde las desigualdades son más que evidentes, donde la pobreza
cachetea a diario y donde en muchos casos, los únicos que parecerían no
advertir la desolación es justamente la clase gobernante. Y esta historia es
apenas una pequeña postal de las miles de historias similares que al grito de No nos prometan nada, sólo queremos trabajar
y ayudar a la gente, como lo hacemos desde siempre, -disparado a los punteros políticos que nunca faltan-, ni
siquiera se dan cuenta que están reafirmando aquello de que de la mala política
sólo se sale con más y mejor política.
Y el deporte es una de
las herramientas de esa mejor política y una asignatura pendiente que tenemos
aún como gobierno nacional y popular es justamente el fortalecimiento de los
clubes barriales, potenciales semillero de grandes deportistas, pero
fundamentalmente espacios de contención para jóvenes y adultos y permanente
aprendizaje para la vida en comunidad.
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