MEMORIA > Una birome y dos palabras
- Por Ana Caliyuri -
En el invierno de 1976 la muerte tejía sus hilos entre sombras, presurosa, dictaba sentencia con exageración. Hasta los ríos más pequeños tomaron la forma del Hades y sobrevino una ola de silencios extraviados en el espanto. En esas circunstancias, las ínfimas bocas y voces que lograron alzarse se tiñeron de sangre.
Yo tenía los oídos afilados, pero en el mundo de las tinieblas nadie hace ruido para no despertar las conciencias ni tampoco a los ángeles.
Había demasiado frío en mi derredor como para entibiar el alma. En esa celda colmada de perversidad ya el cuerpo no contaba demasiado. Como pude, a duras tientas, me alcé del colchón mientras mi bebé dormía. Mis manos libres para acariciar su rostro parecieron agrandarse. Solo tendría unos pocos minutos para estar juntos y luego, otra vez, lo inhumano, la ferocidad que con el paso de los años se acuñó en mi memoria como pesadilla irremediable.
El tiempo suele jugar a la magia de alargarse o encogerse a la medida de los sentimientos. Yo necesitaba apoderarme del infinito para demostrarle a mi hijo cuánto lo amaba o al menos fundirnos en un instante absoluto, sin fisuras ni miedos, pero mi mente estaba concentrada en sobrevivir. Además a quién podría importarle nuestras necesidades más allá de mi propia familia. A nadie.
Me dolían las piernas como para ponerme a elucubrar sobre cuestiones relacionadas con la sensación de los minutos corroyéndome el cuerpo y agazapándose en mi alma, así que intenté evadir mis percepciones y recorrí las paredes de ese cuarto, si es que así podría llamarse a ese mugroso sitio.
En un rincón, sobre el piso, se hallaba una bolsa con olor a bebé, mejor dicho con aroma a mi bebé. Yo tenía en ese tiempo la costumbre de perfumar su ropita. Era hora de asearlo, pero no era justo interrumpir su sueño. Tantas cosas no son justas, antes y ahora, que he perdido la cuenta.
Aún me sentía con mareos y desacostumbrada a la luz del día. Mientras en cuclillas acariciaba el rostro de mi niño como quien dibuja su mejor obra de arte, divisé una especie de tabla desnuda con cuatro patas y sobre ella una birome y un papel en blanco. Mis manos se contrajeron. Traté de dominar la “pavura” y el desasosiego, dos ingredientes nefastos para cualquier momento de la vida.
Mi familia estaría del otro lado, en algún punto de nuestra casa o en miles de lugares preguntando cuál sería nuestro destino.
Nosotros dos estábamos en el ángulo cruel de los hechos, a merced de lo ignorado. Miré el papel que yacía incólume sobre esa mesa improvisada. Tuve deseos imperiosos de escribir dos palabras, solo dos. Me contuve. La birome en estado de espera y mi cuerpo tieso.
Hubiese deseado llorar para sentir algo de calor rodando por mis mejillas, pero las lágrimas se atascaron adentro de mis sacos lacrimales. “El miedo no es zonzo” decía mi abuela, supongo que ella también se habría tragado lágrimas durante el destierro. Al menos pudo escapar. En cambio nosotros éramos pájaros heridos, sin nido ni futuro, ni siquiera intemperie en donde emplumar algún sueño hecho a mano. Pero ahí estábamos juntos, respirando el mismo aire y la misma incertidumbre.
Inspiré profundo. Alcé la vista y la “maledetta” birome amarilla parecía tener ojos que me escudriñaban para que la poseyese. Por un instante sentí envidia. Ella estaba tan cerca del mundo de los vivos, tan próxima a convertirse en instrumento valioso capaz de esbozar un mensaje. En cambio yo ya no tenía fuerzas para transformarme, era casi un espectro incapaz de servirse del habla.
Me aproximé al papel ajado, creo que en un momento lo arrugué, frotándolo. Me imaginé escribiendo. Solo dos palabras, nada más era necesario. Pero, en el caso de dejar escrito lo que yo deseaba, se me presentaría un segundo dilema, además de respirar de continuo sin ahogarme. ¿Dónde pondría el mensaje para que no fuese descubierto por los arquitectos del espanto?
Giré sobre mis talones para mirar a mi bebé que seguía durmiendo, ojalá dentro de un sueño diáfano. Me acerqué para besarlo. Seguramente eran besos tristes, de desamparo, miedo y desesperanza, pero igualmente no me arrepiento de esos besos amargos, era todo lo que tenía en ese instante. ¡Ah y unos minutos, una birome y un papel ajado, cierto!
Los segundos transcurrían, lo vendrían a buscar. Si teníamos suerte habría un mañana para nosotros, tal vez un nuevo papel blanco y una birome, mirándome.
Sacudí la cabeza, una forma estúpida de querer quitarme los pensamientos que me acongojaban. Pero ellos, impávidos, seguían latiendo al compás de mi poca lucidez. Me concentré en mi coraje.
Pensé en un lugar secreto para colocar el mensaje en caso de escribir algo, se me ocurrió que entre los pañales no estaría nada mal. Un lugar oculto donde difícilmente buscaran. Imaginé el pis diluyendo los trazos y mi familia tratando de descifrar el mensaje, pero pudo más el temor de que le hiciesen daño a mi hijo, tan solo por dos putas palabras, que desestimé la idea.
Los segundos latían en mis sienes, el sonido de las puertas y los pasos redoblados, retumbando, me indicaron que venían por él. No quería que se despertase, necesitaba apretarlo a mi cuerpo hasta que estuviese nuevamente dentro de mí. Pero ya no era posible. Hacía nueve meses de su nacimiento. La puerta se abrió, lo arrancaron de mis brazos, me dejaron a oscuras otra vez y me recordaron el papel blanco y la birome amarilla para que escribiese la muerte de otros a cambio de nuestras vidas en continuo calvario.
Con el trayecto del tiempo perdí la memoria o gran parte de ella y aunque ya han pasado 42 años, sigo pensando que la vida se sintetiza con dos palabras, esas que no me animé a escribir para los que estaban del otro lado. En realidad eran para mi familia, pues esa noche, así me habían dicho, les entregarían mi bebé a su resguardo.
Después de eso, yo me recuerdo vacía, a oscuras y en temblor constante hasta que un día las cuatro paredes volvieron a ser las de mi casa. Pude abrazar a mi familia con las alas rotas y los sueños sin labios.
Todo tiene una vuelta, una nervadura, una figura áurica que hace que los sobrevivientes no perdamos el hilo invisible que nos permite asirnos a la vida, en cualquier tiempo y espacio.
Me aferro al amor, también con palabras, sobre todo a aquellas dos que en aquel tiempo no tuve la osadía de dejar impresas. Solo deseaba escribir “Los amo”.
Del libro Historias tatuadas- Niña Pez Ediciones- Año 2019

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