MEMORIA > "Tiembla" un cuento por la Memoria, la Verdad y la Justicia

 - Por Alejandro Ippolito -



Tiembla.

Sobre la cáscara inmunda de aquella dependencia del infierno, con un alambre retorcido que le muerde las muñecas y le recuerda en cada puntada su condición de nadie. Tiembla.

Porque le han arrancado con un solo zarpazo todos sus ayeres, le abrieron surcos en la carne donde sembraron su furia hasta los huesos y le quebraron la esperanza que le invadía las venas. Desesperadamente regresa a su infancia para acallar los gritos que le colman el aire que se traga a borbotones y le agita el pecho al punto de estallar.

Se escuchan pasos apurados, imagina sombras serpenteando entre los pasillos de ese laberinto donde la arrastraron con una capucha en la cabeza que tiene el olor de la muerte. Se escuchan alaridos desgarradores que vienen a perforar las paredes de su celda, la buscan a ella, le piden que no se duerma, que se sostenga a pesar de todo, por ellos.

Le arden las lágrimas que le bautizan el rostro, le queman los ojos apretados de oscuridad, le duele el tiempo que no pasa, que la aplasta contra el suelo helado y húmedo que se ha vuelto parte de su piel.

Hay órdenes nerviosas, corridas y silencios de segundos antes de volver a los aullidos desesperados.

Tiembla.

Alguna vez fue un hervidero de mujer, un terremoto de cara al viento tragándose la historia para escupir futuro. Tenía un destello especial en la mirada, una luz de lucha y compromiso, una revolución de panfletos y de marchas. Hasta que le marcaron el cuello con sus garras y le quemaron los libros, las horas y las pancartas.

Aprieta los puños pegajosos de tierra y sangre, se esfuerza por volver a las tardes de café con leche y héroes con capa y espada que se arrojaban sobre los miserables y los ponían de rodillas con su destreza implacable. Ella se soñó alguna vez como una heroína desfilando triunfal frente al adversario, rendido ante su temeridad. ¿Qué haría el Zorro en su lugar? Qué harían aquellos que se aprendieron el libreto de memoria y sabían que pasara lo que pasara no iban a morir. Es fácil ser un héroe cuando los trenes no aplastan, las balas no penetran y los enemigos intuyen que han de ser vencidos de cualquier manera.

Café con leche, piensa, y se le filtra una sonrisa en mitad del rostro poblado de azules y morados.

Como sumida en un sueño, le llega una voz de mujer cantando, no es un recuerdo porque jamás había escuchado aquella melodía. ¿Cómo alguien se atreve a cantar en algún rincón de aquella hoguera? Tal vez otra prisionera, para alejar el dolor o para romper la noche eterna en la que las han enterrado cantaba dulcemente aquella canción inesperada. Por sobre todos los gritos que le arrugaban el alma le llegaba esa tenue voz resistiendo la muerte:

“La canción es urgente, es un río creciendo,

una flecha en el aire, es amor combatiendo”

La voz le llega desde una imprecisa distancia, no reconoce entre los escombros de su pasado alguna melodía como aquella que le devuelve tibiamente la calma. ¿Quién puede ser tan fuerte, tan inquebrantable como para cantar desde el fondo de aquel abismo?

Como un eco desafiante, entre golpes secos y gemidos que son uñas rascando las piedras, se sostiene como un susurro esa brisa de palabras que le rozan el aliento:

“…quiero dártela ahora, que es la hora del fuego,

que es la hora del grito, que es la hora del pueblo…”

Escucha el sonido de un cuerpo que se desploma a su lado, alguien la patea en la espalda, porque sí, porque estaba allí y se acordaron de ella.

- En un rato te venimos a buscar – dice el dueño de la bota que ahora le pisa la cabeza como una caricia del demonio.

Tiembla, y regresa con los dientes apretados a aquella melodía que le endulza la desesperación. Hace apenas unas horas quería morir con todas sus fuerzas, antes de que llegaran los chacales a disputarse sus entrañas. Pero ahora, aferrada a aquella voz lejana que le besaba la frente y la arrancaba despacio de esa pesadilla sin amaneceres, sentía que podía enfrentarlo todo. Si alguien cantaba en mitad del dolor insoportable, ella podía, al menos, escuchar y resistir.

Cerró los poros de su mente, respiró profundo al lado de ese cuerpo inerte que había dejado de luchar y la canción llegó de nuevo como un enigma indescifrable: 

“…que nos una amorosa, que nos pegue en el pecho,

que si vamos cantando, no podrán detenernos…” 

La sed le llenaba de arena la garganta, intentó sentarse pero el dolor la paralizó por completo. Aquel recinto no tenía límites ciertos, no había ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, sentía que giraba a la deriva como un juguete arruinado, un desecho. ¿Quién se acordaría de ella? ¿Quien la buscaba?

Hacía algunos días que había perdido su nombre, su rostro era de tela, y ya no sentía sus manos, hinchadas por la asfixia de la sangre.

Un grito desgarrador derrumbó las paredes y luego…nada.

Ya ni siquiera podía temblar. Entregada a su minúsculo universo, no sintió los pasos que la rodearon de repente, un baldazo de agua helada se estrelló contra su cuerpo y la arrastraron por un desierto interminable hasta dejarla desnuda sobre un elástico crujiente.

Le dieron la bienvenida entre siniestras carcajadas y los hierros hirvientes le quemaron lo poco que le quedaba en este mundo. En mitad de la agonía aquel ángel persistente vino a liberarla, el dolor – de tan intenso – se convirtió en madrugada, en lluvia sobre los techos de su casa de la infancia, en patios con enredaderas, en cuentos al borde de la almohada. Otra vez esa canción, cuando menos la esperaba:

“…que tu voz la levante, que la suelte en el viento

y que suene a victoria cuando rompa el silencio…”

La brasas que sepultaban su cuerpo la llevaron al más profundo de los sueños, una nebulosa de rosas quebradas, de manteles doblados sobre una mesa de madera lustrada en el medio de una calle de empedrado tenuemente iluminada por un farol solitario. Ahora estaba de pie, descalza, caminaba sin apuro por la vereda despoblada y ninguna de las vidrieras le devolvía su imagen. No sabía donde estaba pero no quería irse de allí. Al final de la calle, en una esquina oscura, una mujer cantaba debajo de un balcón con macetas vacías:

“…la canción es simiente, es de barro y de cielo,

es semilla y espiga, es futuro y recuerdo…”

 Quiso alcanzarla pero por mucho que avanzaba no llegaba jamás a la encrucijada. Cayó de rodillas, con las manos en la espalda y así se despertó, en un rincón de su celda. Alguien le acercó una lata con agua, bebió un par de tragos y cayó de espaldas. La fiebre la empujó al delirio embriagador, al terror profundo, a la bocanada de hollín que la quemaba por dentro.

Aunque parecía imposible, fue pasando el tiempo, entre inconciencias y maldiciones, siempre al borde de ya no ser, siempre con ganas de dejarse caer para no luchar más.

Cuando se le despegaba la vida y la dejaba hecha un olvido en medio de su jaula, la voz inquebrantable de su ángel, su heroína que llevaba una canción como espada, regresaba para decirle que no se entregara, la abrazaba con su música y le llenaba los pulmones cuando ella se quedaba muy quieta para dejar de respirar.

Después de un tiempo se olvidaron de ella. Invadida por una permanente agonía solo esperaba el momento en que se la llevaran por última vez, quería abandonarse para siempre para que todo terminara en ella, ya no podía soportar un minuto más, la habían diluido, la habían transformado en un mal recuerdo de ella misma, la bolsa pestilente que le cubría la cara era toda su identidad. Y en el momento final, cuando su vida era un charco de tristes inmundicias, cuando todo lo que había soñado se reía de ella al final de un pasillo de paredes negras; aquella voz se acercó a su contorno para cantarle al oído:

“…la canción es urgente, va y viene compartiendo con dolor y alegría el mismísimo sueño. Quiero dártela ahora con las ganas que tengo, con el nombre de todos los que no se rindieron…”

La puerta se abrió en el momento en que ella rogaba: 

– “Llevame con vos”

La tomaron de los brazos y pensó que era su último viaje por las rutas de ese infierno, el terror le dejó lugar a la esperanza sabiendo que no podía resistir un segundo más aquellas descargas. Cuando el agua fría cayó sobre ella se quedó esperando el golpe final, el rayo salvaje que la incendiara por dentro. Luego de unos minutos alguien entró en silencio y le desató las manos que estaban hirviendo. No se quitó la bolsa, no quería mirar a su verdugo a los ojos, no quería saber de donde vendría el último golpe. La pusieron de pie, la vistieron y la subieron a empujones en la parte de atrás de un auto que tenía el mismo olor insoportable que su calabozo. No supo jamás cuanto duró aquel viaje, pero sí recuerda el estremecimiento que sintió cuando entre las voces de aquellos miserables se filtró la melodía de su ángel subterráneo: 

“…que tu voz la levante, que la suelte en el viento,

y que suene a victoria cuando rompa el silencio…”

Se abrió la puerta y la arrojaron en un descampado, las cubiertas chillaron sobre el asfalto quemante y después todo fue silencio. Se quedó quieta por más de media hora hasta que se animó a quitarse la bolsa de la cabeza. La luz de la tarde le mordió los ojos y lloró como nunca antes. Las piedras del baldío fueron las espinas más suaves que pudo soñar y se puso de pie por primera vez en varios días. No podía caminar. No sabe quien se acercó, alguien le preguntó qué le había pasado, otro le acercó un vaso con agua. Ella no hacía otra cosa que llorar.

Muchos años después, hundida aquella pesadilla en un pozo sin retorno, se sintió con ganas de continuar con aquello que había quedado pendiente tanto tiempo atrás. Se sentía joven a los sesenta y algo y su alma militante desbordaba una vez más. Sabia de los pibes, de sus ganas renovadas, del compromiso, de los nuevos vientos agitando las banderas y sintió el impulso de volver a aquel lugar que le mordió los sueños. La ESMA era ahora un espacio de memoria y cultura, un cachetazo en pleno rostro de las hienas, el amor venciendo al odio que dejaba de ser una frase para convertirse en la realidad más sólida que se podía mostrar. Le temblaron las piernas frente a la entrada, aquel olor a muerte ya no estaba pero ella se tapaba la boca a cada paso, la gente recorría los pasillos, se internaba en las salas de puertas abiertas, se abrazaba con las manos definitivamente libres. Llegó a un salón, se cubrió los ojos con una mano y acarició la pared prolijamente pintada, se estremeció. Alguien le preguntó qué buscaba y ella simplemente respondió: 

- “Una voz que perdí en el pasado, una canción que jamás volví a escuchar”.

Así fue que la invitaron al coro del centro cultural Haroldo Conti y fue con todo el entusiasmo de quien está a punto de saldar una vieja deuda. Nancy, la directora, la recibió con alegría y la invitó a sumarse al ensayo de una nueva canción de Teresa Parodi que estaban preparando. Cuando sonaron los primeros acordes, se le inundó la mirada, la memoria se hizo vuelo de pájaros y carcajadas de niños jugando en una plaza. Café con leche, pensó, y respirando profundo cantó la última estrofa tal como la recordaba con todo su pasado en la garganta:

"…que tu voz la levante, que la suelte en el viento,

y que suene a victoria cuando rompa el silencio,

y que suene a victoria cuando rompa el silencio.” 

Esa era la voz que la rescató del infierno, su propia voz desafiando el tiempo, era ella regresando al pasado para seguir viviendo. Ella era su ángel, su heroína, su ventana abierta por sobre cualquier encierro. Se reconoció por fin y no pudo dejar de llorar mientras contaba su historia, esta historia poblada de regresos, de esperanza que vuelve en los salones recuperados con ecos de pasos nuevos.

Hoy la canción suena una vez más, se mezcla entre la gente contándole al oído que todo es posible, una voz que se levanta por 30.000 compañeros:

…y que suene a victoria cuando rompa el silencio.”


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