OPINIÓN > Cómplices o funcionales
- Por Dario Forni -
La generación de marcos de racionalidades para la
convivencia pacífica entre los individuos así socializados por la cultura
occidental, capitalista y cristiana, necesitó de palabras que armaran la
estructura de morales, y éticas que en su uso permitiría calificar el sentido
de cada acción y de cada interpretación de los hechos y de las realidades vistas e interpretadas desde esos parámetros.
Roberto Marafiotti, en su libro
“Los patrones de la argumentación” lo explica muy bien cuando nos dice que “Las formas de estructurar la
argumentación que se dan en las diversas comunidades a lo largo de su historia
son un aspecto importante porque organizan las relaciones generales de una sociedad”
(pag.17). En tal sentido agrega: “La propuesta persuasiva apela a una gama de
mecanismos psicológicos sin mediación protagónica de la razón. Las persuasiones
tienen que ver con las emociones”. (pag.
20), para finalmente diferenciar la reflexión anterior de la racionalidad al
decirnos: “La propuesta de la convicción en cambio apela a la razón, hace un
llamado a la revisión crítica, explicita, tanto del argumento o los argumentos
a favor, como de los argumentos en contra de la propuesta o tesis”. Pag.21
La
diferencia entre lo emocional, que sale de la racionalidad y lo estrictamente
racional es fundamental para estos tiempos y para analizar una de las palabras
que podríamos llamar burguesas, que me gustaría analizar en estos días de
pandemia y de militancias de pandemias.
Ser
cómplice, implicaría saber de que se cometió un acto determinado, pero no haber
participado en su ejecución. El saber de lo que paso y no decirlo no es lo
mismo que haber participado del acto conscientemente, pero el saberlo y no
decirlo es un acto en contra de la moral construida.
Cuando
salimos de la racionalidad, cuando soltamos nuestras emociones, que, en un
sistema de racionalidades, que reprimen las emociones resulta cada vez mas
fácil, podemos caer en la exageración de usar estas palabras para calificar o
descalificar en este caso el acto que esta fuera de la moral y la ética
impuesta por el poder que construyó las racionalidades de convivencia.
En
ese contexto solemos llamar cómplice a alguien que avala con su opinión un acto
que parece estar fuera de las racionalidades morales.
En
los tristes años de los 70, nuestra clase media tan inclinada a ser dominada
por el discurso dominante uso muchas veces para justificar lo que pasaba la
maldita frase “algo harban hecho”.
No
podemos decirle cómplice a lo que después se enteraron que paso, porque
obviamente la prensa dominante de esos años, no se lo decía y no todos lo
sabían. Además, estaba la continua guerra entre lo que nos decían sus
protagonistas y lo que no nos decían los medios. A quien creerles, era una
opción que sin duda también puede ser tenida en cuenta para conformar nuestra
conciencia.
La
palabra guerra también esta tomada desde los planos emocionales como metáfora
para demostrar un estado social en nuestro país, donde todos los días se debe
luchar por saber quién tiene la razón o quien esta dentro de las racionalidades
de convivencia.
La
guerra, ya no como metáfora tiene códigos racionales de convivencia, que en lo
mas abstracto de su condición se pudieron haber respetado en varios aspectos.
Por
lo tanto, no es una guerra metafórica la que se vive en estos días, sino una
guerrilla, no para disminuir ni para descalificar sus objetivos, sino por sus
métodos y códigos.
La
guerrilla mediática política y judicial, está usando desde el segundo
neoliberalismo contemporáneo que comenzó con Menem, un poder inusual por su
alto grado hegemónico, lo que también nos aporta Marafiotti en su libro: “Una
técnica de verdad se caracteriza por inculcar aserciones, algunas de las cuales
ya son admitidas por el locutor y por el interlocutor y otras son las que deben
admitir.”
Hace
años que vienen sembrando lo que ahora cosechan en ciertos grupos de esa clase
media sin pertenencia cultural y con problemas que se le inventan en realidades
que no les corresponden.
Usar
la palabra complicidad para calificar las actitudes o los sentidos de cada
acción de estos colectivos, también podría ser una exageración propia de la
emoción que nos provoca esa guerrilla que todos los días nos ataca.
Quizás
la palabra mas indicada sea la de ser funcional a esas “verdades” construidas
por la citada guerrilla.
La
diferencia es fundamental, el cómplice sabe lo que pasa, el funcional no, solo
esta siendo usado para objetivos que no conoce, y que por lo tanto podríamos
calificarlo como irracional, ya que no conoce ni si causa ni mucho menos
todavía su consecuencia.
La
guerrilla nos impone, debido a su inusual poder hegemónico, esa lucha cotidiana
de estar dentro de ese “algo habrán hecho” o pensar que hicieron para que se
los califique primero de esa forma y luego de lo juzgue y posteriormente se
vote al representante político de la guerrilla.
En
estos tiempos la hegemonía que nos miente dos veces, una cuando instala una
mentira como verdad y otra cuando nos hace creer que todos le creemos, tiene un
contra editorial cultural que, si bien no tiene el mismo poder ha trabajado
incansablemente para deconstruir las verdades hegemónicas.
Es
por lo tanto será una decisión de cada uno quedarse en los colectivos que
puedan ser funcionales o cómplices a los objetivos que persigue la guerrilla y
asumir las responsabilidades de cada decisión.
Ciertamente,
si la guerrilla gana la batalla cultural, política y económica, sus medios
jamás harán sentir culpables a sus cómplices o funcionales, pero desde la
conciencia, no son tiempos en los que no se pueda ver la otra cara de todo lo
que se nos muestra. En caso de querer se hegemónico solo por no tener ni
compromiso ni responsabilidad social, tendrá una conciencia que pueda
provocarles algunos temas de sueños nocturnos.
Discutir
ideas o las interpretaciones de las realidades que cada uno tiene, sería útil
para construir una racionalidad sin complicidades ni funcionalidades, y que
obedezca a una pertenencia que sepa identificar los problemas auténticos de
cada grupo y nos permita una convivencia pacifica entre todos y todas y
especialmente nos permita tener a todos las mismas herramientas para sus
logros.
Las
decisiones están en nuestras manos, sobre todo en tiempos donde el poder milita
esa individualidad creída en la libertad de sus criterios.
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